UNA FE RENOVADA

La dicotomía espiritualidad y diversidad sexual ha sido un hecho problemático indeleble desde siempre; los sectores LGBTI+  de todo el mundo han luchado porque sus vidas sean acogidas, respetadas y dignas dentro del vivir espiritual de las diferentes religiones.

En Colombia esta desavenencia se ha exacerbado los últimos años a un punto que ha hecho tóxico hablar del tema en cualquier círculo social, además que ha sido causante de que una cuantiosa parte de la población LGBTI+  tenga un resquemor y recelo creciente hacia las religiones hegemónicas del país. Muchos han, por tanto, escogido otros caminos para desarrollar su espiritualidad o han simplemente decidido apostatar su ser espiritual.

No obstante la acérrima discordia no es nueva ni irrelevante, pues como es bien sabido, la mayoría de la población diversa en el país ha sido víctima de una discriminación fundamentada en la moral pregonada por la Iglesia Católica y las vertientes protestantes. Las familias de los niños y jóvenes han sido altamente influenciadas, en la forma en que ven el tema de la diversidad sexual y de género, a partir de morales judeocristianas.

Esto ha generado una distancia inconmensurable entre ambas esferas de la vida, haciendo que muchos se alejen de su construcción espiritual; un quid de ello se debe a que pocos han sabido desunir y entender la diferencia entre la religiosidad y espiritualidad, pues la primera no es flexible ni natural al ser otra invención arbitraria, mientras que la segunda es inherente al ser humano y cada quien puede decidir cómo vivirla.

Sin embargo, en los últimos años ha surgido tácitamente un efecto catalizador hacia el sincretismo de experiencias espirituales, que ha unido los saberes inveterados, ha acogido huestes y feligreses de diversas religiones y creencias; por lo que, además, el acervo vivencial de los sectores LGBTI+  se ha enriquecido enormemente.

Muchos han construido su propia relación con la religión, la viven a su modo, determinando qué dogmas acogen y cuáles no. Otros han hecho un ejercicio de introspección con el fin de saber si se identifican con la religión que profesan  (muchas veces impuesta en su etapa de niñez) para así terminar por enterarse si les corresponde ésta o una de las tantas religiones alternativas, ciertamente más amigables.

La comunidad LGBTI+  se ha soslayado y ha propendido un dualismo filosófico con el que la diversidad espiritual se convierte en otra bandera o pilar sólito de la comunidad; así han dado el primer paso para sortear la enemistad que han tenido con la construcción de su espiritualidad, que ha impedido a muchos de disfrutarla o los ha alejado de conocerse a sí mismos en esa faceta.  Y es ése vivir, quizá heterodoxo, creo yo, alejado de los regimientos estáticos y acartonados que no reflejan las realidades de muchos, es el camino renovado de la fe.

 

Nota: En este artículo no reflejé el ateísmo o el agnosticismo; sin embargo respeto cualquier sistema de creencia y creo, ciertamente, que estas formas aportan a que haya una mayor diversidad cultural, conciencia y construcción de democracia.

 

Cristian Galicia

Comunicador Social y Periodista